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Artículos de Interés
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Reconocimiento al cuidador

Dedico esto  a todos los héroes silenciosos que cuidan de alguien querido, muy especialmente a aquellos que tuvieron la generosidad de contarme sus experiencias. Adriana

«Al verdadero amor no se le conoce por lo que exige,
sino por lo que ofrece».
  JACINTO BENAVENTE


Hace algún tiempo, en un parque cercano a mi casa, pude ver una de estas imágenes que se graban en la retina y permanecen en nuestro cerebro reclamando nuestra atención.
Estaba sentada en uno de los bancos situados a ambos lados del paseo de un parque. Disfrutaba del atardecer de principios de otoño, cuando en un punto del paseo se cruzan un carrito de bebé y una silla de ruedas.
Una mujer madura empujaba la silla en la que se encontraba un anciano de edad muy avanzada que llevaba la cabeza baja, la mirada perdida, como si tras tantos años vividos cree saber que ya nada nuevo lo sorprenderá.
En sentido contrario, el carrito, lleno de colorido, lo guiaba una mujer joven, llevando a un niño de unos 2 años. El bebé tenía los brazos abiertos y su carita de rasgos vivaces denotaba alegría y curiosidad. Daba la sensación de querer abrazar el mundo nuevo que sus chispeantes ojos le iban mostrando.
En un solo golpe de vista, unidos por el azar, en un punto del camino se encuentra reflejado todo un ciclo vital.

El recuerdo de esta escena me hizo pensar que en el devenir de la vida pasamos de ser cuidados a ser cuidadores. En algún punto del camino, tarde o temprano, la mayoría de nosotros pasaremos por el proceso de ayudar a quienes nos ayudaron. En realidad, el trasfondo de todo esto no es sino la expresión de amor que sentimos por nuestros seres queridos.
Cada día es más fácil que surjan personas que necesitan atenciones especiales. Por un lado, dada la prolongada esperanza de vida; por otro, los avances de la medicina han permitido que enfermedades mortales en el pasado sean en la actualidad enfermedades crónicas. Seguramente, basta una mirada a nuestro entorno para percibir a alguien que está cuidando a un anciano o un enfermo. Hay un sinfín de circunstancias que pueden convertir a una persona en dependiente de los cuidados de otra.

Sin embargo, el asunto que me planteo es: ¿Quién se encarga de la persona o personas que cuidan a un enfermo? ¿Cómo conseguir que el cuidador tenga el bienestar necesario?

Es bastante frecuente que acudan a mi consulta de sicología personas afectadas de cuadros mixtos de depresión y ansiedad después de ser, durante un tiempo, el cuidador principal de un enfermo dependiente.
He recogido cientos de testimonios de personas anónimas que han tenido la generosidad de contestar a un cuestionario sobre sus experiencias como cuidadores. Han aportado interesantes puntos de vista y un sinfín de anécdotas, algunas ejemplares, otras divertidas, todas ellas muy valiosas. Sus testimonios están entrelazados con los diferentes aspectos que se tratan aquí, por ejemplo: las renuncias, los sentimientos de culpa, la codependencia emocional, etc. Hay muchas personas que, desde sus hogares, en un clamor silencioso y en ocasiones solitario, demandan atención, reconocimiento y ayuda. Necesitan aprender a cuidar, cuidándose.
El cuidador, sea cual fuere su edad, sexo o circunstancias, está llevando a cabo una labor generosa, entregada, paciente y dura, que necesita un enfoque estructurado para mantenerse a flote.
Hasta el momento, existe poca literatura de apoyo específico a estas situaciones, lo cual, además de necesario, es justo, puesto que la solidaridad y el altruismo de estas personas hacen de nuestra sociedad un lugar mejor.
Sabedores de que en mi consulta me gusta apoyar la terapia con metáforas, aforismos, cuentos e incluso chistes que vengan al caso, mis pacientes me aportan cualquier muestra de sabiduría que llegue a sus manos. Así fue como recibí este cuento de la tradición oriental:

“Reunidos a la sombra de un gran árbol se encontraba un grupo de discípulos en torno a su maestro.
Uno de los discípulos dijo:
- Maestro, explícanos qué es el Infierno.
El maestro meditó unos segundos y habló así:
- El Infierno es un lugar al que llega gente hambrienta. Se les sitúa atados por la cintura a un metro de distancia de una mesa repleta de los más exquisitos manjares. Se proporciona a cada comensal cubiertos de un metro de largo que permiten alcanzar la comida, pero de ninguna manera llevársela a la propia boca. El lugar es dantesco, la comida cae una y otra vez frente a los hambrientos. Todos los que rodean la mesa rugen de hambre y rabia. Se miran unos a otros con ansia e ira. Los alaridos de desesperación taladran los oídos hasta la locura. ¿Os hacéis ya una idea de lo que es el Infierno?
El mismo discípulo que se había cuestionado el Infierno, preguntó:
- Y entonces..., ¿cómo es el Cielo?
A lo que el maestro respondió:
- El Cielo es un lugar semejante en el que encontraremos las mismas sillas distanciadas de la mesa, los mismos cubiertos de un metro de largo, las mismas deliciosas viandas..., pero aquí los hambrientos comensales se distribuyen la comida mutuamente. Uno le pide al de enfrente lo que desea y, a su vez, proporciona al otro lo que éste elige. Aquí no hay gritos, sino sonrisas de agradecimiento. Tampoco hay desesperación, sino confianza”.

Es obvio que personas como los cuidadores son los que nos alejan a todos del «Infierno». Por eso creo que se merecen un homenaje. Desde estas líneas les expresamos nuestro reconocimiento, agradecimiento y apoyo moral, y nos hacemos eco de la opinión popular.
Una de las anécdotas más entrañables la aportó Betina, una mujer que explicó que una de las situaciones más enriquecedoras del proceso de cuidar a su madre había sido la reacción solidaria y amorosa de la gente —de cualquier edad— en la calle. Ella  decía que siempre encontraba alguna mano amable que la ayudaba a subir o bajar la silla de ruedas por la calle. Repetidamente, surgía como de la nada una persona que con una sonrisa y palabras esperanzadoras estaba dispuesta a echar una mano.
Testimonios como éste nos reconcilian con el género humano y desmienten, en cierta medida, la imagen tenebrosa e insolidaria que nos proporciona la avalancha de información negativa que entra en nuestros hogares.
Como hemos visto, todos los días pasan cosas muy especiales, aunque estas cosas dignas de mención no serán mencionadas en ningún informativo, posiblemente porque «las buenas noticias no son noticia». Tenemos que prestar atención a esta gran «isla de silenciosa solidaridad» compuesta por los cuidadores.

Para que nos hagamos una idea de la magnitud de este hecho, he aquí unas cuantas cifras. Según  informes, el 84 por ciento de los cuidadores son mujeres, frente a un 16 por ciento de hombres.
Las mujeres, sea en calidad de hijas, esposas o madres, son las responsables de una persona dependiente que se hacen cargo no sólo de ancianos, sino de bebés de menos de un año y de otros colectivos que también precisan una dedicación plena como enfermos crónicos.
A la vista de estos datos se hacen necesarias ayudas tanto en el ámbito institucional, como a través de asociaciones de afectados.
También los voluntarios aportan su granito de arena al ofrecer su ayuda a los dependientes y a sus cuidadores, un buen número de personas que dedican su esfuerzo y su tiempo a cuidar de otras.
En este sitio web daremos espacio para los testimonios de los distintos actores de esta realidad.

Por consultas, escríbanos AQUÍ. Con mucho gusto le responderemos.
 

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